Popocatepetl

Popocatépetl

Monte que humea

Altitud 5465 m/nm
Ubicación φ 19° 01´ 18.4” – λ 98° 37´ 39.6” (cima)
Arqueología 7 sitios registrados
Entidad México, Puebla y Morelos
Decreto 8 de noviembre de 1935, como parque nacional
Superficie 25679 hectáreas con la Iztaccíhuatl

Popocatépetl, significa Monte que humea: popoca, que humea; tepetl, monte. Antes de la erupción de 1345 d. C. (año 5 Conejo para los aztecas) el volcán era llamado el Xalliquehuac, “Arenales que se levantan” con la erupción de ese momento la denominación cambió a como hoy lo conocemos. Coloquialmente algunos pobladores de la región le denominan Don Goyo.

Geología

Este gran estratovolcán andesítico–dacítico ocupa un área de 500 km2, presenta una compleja historia eruptiva. Su cráter tiene un diámetro mayor de 900m y una profundidad de 150m desde el labio inferior. Geológicamente se le considera como un volcán joven, pues conserva su estado fumarólico variando cíclicamente los volúmenes de humo arrojados. Responde a dos periodos genéticos: en el primero se formó el volcán base llamado Nexpayantla; y en el segundo un estallido de carácter explosivo intenso sustituyó a su antecesor 23 mil años antes del presente. Posteriormente hace 14 mil años presentó una gran erupción pliniana, a la que siguieron cuatro eventos más en un periodo que abarca hasta el año 3000 a. C. A lo largo de los últimos 1200 años se han presentado más de veinte episodios de actividad similar a la actual con explosiones esporádicas a moderadas que emiten ceniza y pómez. Algunas de sus erupciones están representadas en documentos históricamente notables como el códice prehispánico Vindobonense y los códices coloniales: Florentino, Vaticano A-Ríos, Huamantla, Telleriano Remensis, en la Matrícula de Tributos, en los Mapas de Cuauhtinchan 1 y 2, y en el Lienzo de Tlaxcala entre los más relevantes.

Arqueología

El Popocatépetl fue una divinidad en el México antiguo, era una personificación más de Tláloc según lo apreciamos en el Códice Vaticano 3778, A-Ríos. Pero la montaña que humea proporciona un repertorio mitológico particularmente rico, que va más allá de la “tlaloquización” omnipresente. Al menos así lo demuestran las evidencias del sitio Preclásico de Tetimpa (50 a. C. al 100 d. C.), que encuentra en los adoratorios efigie al Popocatépetl un culto que se remonta 2000 años atrás. El sitio fue abandonado a consecuencia de una erupción, pero fue esta misma quien lo sepulto y así lo preservó dejando ver en la actualidad por las excavaciones arqueológicas un sitio habitacional construido con tablero y talud acompañado de un pequeño santuario. Para Iwaniszewski, el hallazgo en Tetimpa constituye la más antigua evidencia del culto al Popocatépetl y prueba que este fue relacionado con los conceptos de la muerte y de los ancestros. En el sentido de que el cráter fue considerado como la entrada al mundo subterráneo en donde residían los ancestros. En el período entre el Preclásico y el Clásico, Popocatépetl se vinculaba más bien con el culto a los muertos y antepasados y quizá al fuego y cenizas volcánicas, después fue incorporado al culto del agua y fertilidad. Asociado con la Iztaccíhuatl, el Popocatépetl fue conceptualizado como el ser masculino.

El dios de la lluvia en el volcán que humea (Popocatépetl ),
donde se reúnen los graniceros y los nanaualli o nahuales, Códice Vaticano 3778, pág. 21.

Fray Diego Durán escribe en el siglo XVI una interesante relación del Popocatépetl:

7. A este cerro reverenciaban los indios antiguamente por el más principal cerro de todos los cerros; especialmente todos los que vivían alrededor de él y en sus faldas; la cual tierra, cierto, así en temple, como de todo lo que se puede desear, es la mejor de la tierra, y así, con ser sus faldas tan ásperas de quebradas y cerros y tierra asperísima, están los cerros y quebradas pobladísimos de gente, y lo estuvieron siempre, por las ricas aguas que de este volcán salen y por la fertilidad grande que de maíz alrededor de él se coge, y frutas de Castilla, que, mientras más llegadas a él, más tempranas y sabrosas se dan, no olvidando el hermoso y abundante trigo que en sus altos y laderas se coge. Por lo cual los indios le tenían más devoción y le hacían más honra, haciéndole muy ordinarios y continuos sacrificios y ofrendas, sin la fiesta particular que cada año le hacían, la cual fiesta se llamaba Tepeilhuitl, que quiere decir “fiesta de cerros”. La cual fiesta era a la manera que aquí relataré:

8. Conviene a saber, que llegado el día solemne de la veneración de este cerro, toda la multitud de la gente que en la tierra había, se ocupaba en moler semillas de bledos y maíz, y de aquella masa hacer un cerro, que representaba el volcán. Al cual ponían sus ojos y su boca y le ponían en un prominente lugar de la casa, y alrededor de él, ponían otros muchos cerrillos de la mesma masa de tzoalli; con sus ojos y su boca, los cuales todos tenían sus nombres, que eran el uno Tláloc, y el otro, Chicomecóatl, e Iztac Tepetl y Amatlalcueye y juntamente a Chalchiuhtlicuye, que era la diosa de los ríos y fuentes que de este volcán salían, y a Cihuacóatl.

El Popocatépetl al centro de otras montañas muestra una fumarola en el Códice Durán.

9. Todos estos cerros ponían este día alrededor del volcán; todos hechos de masa, con sus caras. Los cuales así puestos en orden, dos días arreo les ofrecían ofrendas y hacían algunas cerimonias. Donde el segundo día les ponían unas mitras de papel y unos sambenitos de papel pintados. Donde, después de vestida aquella masa, con la mesma solemnidad que mataban y sacrificaban indios, que representaban los dioses, de la mesma manera sacrificaban esta masa que había representado los cerros, donde después de hecha la cerimonia, se la comían con mucha reverencia.

10. Este día los sacerdotes buscaban en el monte las más tuertas y corcovadas ramas que hallaban y las llevaban al templo y cubríanlas con esta masa y poníanles por nombre Coatzintli, que quiere decir “cosa retuerta”, a manera de culebra; poniéndoles ojos y boca, y hacían sobre ellas las mesmas cerimonias y ofrendas. Donde, después que fingían que las mataban, las repartían a los cojos y a los mancos y contrahechos, y a los que tenían dolores de bubas, o tullimiento, etc. Los cuales quedaban obligados de dar la semilla para hacer la masa para la representación de otro año de los cerros. Llamaban a esta comida Nitocua, que quiere decir “Cómo a Dios”.

11. También sacrificaban algunos niños este día y algunos esclavos y ofrecían en los templos y en presencia de la masa en que fingían la imagen de este cerro y de los demás, muchas mazorcas de maiz fresco y comida y copal, y entraban a las cumbres de los cerros a encender lumbres y a incensar y quemar de aquel copal y a hacer algunas cerimonias que ordinariamente hacían, de las que atrás quedan dichas.

12. El mesmo día que se hacía la fiesta de este volcán en México y en toda la tierra y la de todos los cerros.

La prospección arqueológica se ha visto interrumpida desde el año de 1994 hasta la fecha (2009) por la actividad volcánica en que entró la montaña, nuestro registro se concreta a los trabajos de Charnay y José Luis Lorenzo, el primero del siglo XIX y el último de mediados del siglo XX. También incluimos en el siguiente mapa los sitios de culto contemporáneo que han sido tan significativos en la literatura antropológica contemporánea destacándose los trabajos de Julio Glockner.

Los sitios arqueológico del Popocatépetl (Montero, 2009).

Los materiales arqueológicos recuperados del Popocatépetl apuntan a la cultura tolteca, durante el Posclásico temprano (900-1200 d. C.). Recientes investigaciones dejan abierta la posibilidad de que los factores medioambientales, de visibilidad y orográficos fueran determinantes para el ritual; así pues los sitios PO-03 y PO-02 marcaban un camino procesional desde el puerto de Tlamacas de 3900 m/nm hasta al collado de Teopixcalco (PO-01) a 4970 m/nm en donde es posible que existiera un ayauhcalli y no sería muy aventurado decir que posiblemente Nexpayantla y el sitio de Teopixcalco tengan relación con la leyenda del Teocuicani “El Cantor Divino”, citada por Durán quien menciona la existencia de un ídolo de Tláloc en color verde y del tamaño de un niño de ocho años, al interior de un ayauhcalli “la casa de descanso y la sombra de los dioses”. Este ídolo desapareció durante la Conquista y fue escondido en el mismo cerro por los naturales en una cueva.

Escalonados, como estancias de una ruta procesional a la cumbre
los sitios arqueológicos de la ladera norte del Popocatépetl.

Absurdamente durante los primeros momentos del virreinato, los españoles se atribuyeron el mérito de ser los primeros en conquistar la cima del Popocatépetl. Sin duda, esa proclama obedecía a una legitimación del poder europeo sobre el indígena, que gracias a los modernos descubrimientos arqueológicos hoy carece de fundamento. Según las crónicas españolas del siglo XVI de Hernán Cortés y de Bernal Díaz del Castillo, fue Francisco Montaño y no el capitán Diego de Ordaz quien verdaderamente intentó la aproximación a la cumbre. Pero si seguimos el rastro de ascensos prehispánicos es necesario citar la obra de Chimalpain Cuauhtlehuanitzin, Las Relaciones Originales de Chalco–Amecameca, en donde se documenta el caso más temprano de ascenso para el año 1287 d. C., hecho que fue consumado por Chalchiuhtzin, quien ascendió para flagelarse y así propiciar la lluvia. Tiempo después durante el mandato de Moctezuma II, se realizó otro ascenso, no con fines rituales, sino para saciar la curiosidad del gobernante, se enviaron varios hombres a que investigaran el porqué salía humo entre los años de 1502 a 1520 d. C.

Los ascensos rituales a la montaña se suceden durante el virreinato como lo demuestra Gruzinski con el caso de Antonio Pérez, para el siglo XVIII, pero la devoción por el volcán no termina, continúa hasta nuestros días con las ceremonias de los graniceros, que en laderas y cuevas encuentran el espacio propicio para solicitar un buen clima para las labores agrícolas. Entrado al siglo XIX, el Popocatépetl también fue foco de atención de naturistas, científicos y exploradores que indagaron sus propiedades.

Piezas del sitio Tenenepanco (PO-03) pertenecientes a la colección Charnay. Izquierda perrito con ruedas,
derecha objetos diversos, algunos con la efigie de Tláloc. Su antigüedad oscila los 900 años,
pues corresponden al período Posclásico temprano (900-1200 d. C.).