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Matlalcueye, la diosa de la falda azul, también conocida como Malintzin, la doncella o Sierra de Tlaxcala, pero el denominativo común es La Malinche. La Matlalcueye de 4430 m/nm es un cono volcánico perfectamente aislado, único en el paisaje de nuestra área de interés. Se considera surgió hace 25 millones de años en el periodo Oligo–Miocénico, su estructura volcánica se caracteriza por materiales piro–fragmentados de brecha y aglomerados volcánicos empacados por gravilla, arena y piedra pómez, además de coladas del tipo basáltico andesítico, marcando una diferenciación magmática en el proceso de formación. Actualmente, tiene un avanzado deterioro por efecto de los agentes meteóricos, originando depósitos de arenas y limos y en menor proporción arcillas proluviales. Un evento volcánico superior cubre la antigua morfología de rocas plegadas del Mesozoico, afectada por fallas normales que conforman pilares y fosas estructurales. El fechamiento de la última actividad corresponde a depósitos piroclásticos de hace 2 millones de años a finales del Terciario. Cuenta con varios conos secundarios que se encuentran situados al pie del volcán y que corresponden a periodos más recientes. En la cima sur se presentan las eminencias llamadas Xaltonalli, arenal del sol, la Tetilla, y Octlayo, todos son picachos secundarios. Por el rumbo oriental se encuentra la profunda cañada de Axaltzintle para otros de San Juan, que llega hasta el corazón de la montaña y que parece ser el vestigio del verdadero cráter.

Los sitios arqueológicos desde la ladera norte
Tres temporadas arqueológicas destacan en la montaña. La primera en 1994 cuando localice el sitio de la precumbre a 4390m/nm al que denominé Malintzin (MA-01); una segunda temporada con la excavación que de este sitio (MA-01) y del Tlalocan (MA-13) hizo Sergio Suárez en el año 2001; y la más reciente en agosto de 2002 cuando acompañado por los arqueólogos Lourdes López y Víctor Arribalzaga registramos diez sitios nuevos. A la fecha el acervo es de 13 emplazamientos, pero el potencial de los espacios aún sin prospección promete un significativo incremento.

Distribución de los sitios arqueológicos de La Matlalcueye
La Malitzi 1 (MA-01), ahí se hallaron gran cantidad de tiestos, al parecer existía una estructura de la cual sólo restan algunos elementos, pues se encuentra muy saqueada, suponemos estaba alineada con el cerro Tlaloc y el Pico de Orizaba. Hay otro sitio en la cresta de la cima, en la Cañada de San Juan (MA-02), sitio denunciado por montañistas, en el cual se advierten restos de las ofrendas depositadas antiguamente en la cumbre.
De los diez sitios de la prospección del año 2002 destaca la Cueva de Texcalco (MA-09), que es el sitio más importante de la ladera poniente. Se alza a 4185 m/nm, en su interior encontramos cerámica moderna vidriada sellada en forma de círculos color naranja, cerámica prehispánica, la parte de un chimalli o rodela de cerámica decorada con chapopote, restos de figurillas y orejeras.
Otro espacio relevante corresponde al sitio Tlachichihuatzi 1 (MA-04), a 200m al sur de la cima del prominente cerro Tlachichihuatzi a 4050m/nm sobre la arista que divide los flancos oriente y poniente de la montaña. La cerámica y la obsidiana se distribuyen al poniente, por debajo de un cantil, del cual se desprenden los drenajes de un manantial casi extinto. La cerámica decorada en color azul es por demás sugestiva y única, al momento no podemos apuntar procedencia ni periodo hasta culminar su análisis; en el flanco oriente destaca la presencia de al menos cuatro xicalli. Acaso el nombre del cerro será una corrupción de la palabra náhuatl tlachichiualtin, que significa ídolos labrados y aderezados y así nos refiera a su importancia religiosa.
Los demás sitios registrados en esa temporada parecen conformar diversas rutas procesionales a la cumbre.
La importancia ritual de la montaña ha quedado manifiesta en diferentes relaciones históricas que parten de los primeros momentos del Virreinato. Iniciaré con fray Juan de Torquemada que en su obra Monarquía Indiana, en el Capítulo XXIII del Libro VI, nos refiere sobre la veneración a la montaña:
Esta sierra fue en el tiempo de su gentilidad de grandísima veneración, y en ella adoraban a la diosa Chalchihuitlycue, aunque los tlaxcaltecas la llamaron Matlalcueye, que quiere decir vestida o ceñida de un faldellín, o nahuas azules, de color de la flor de matlalin; tiene dos leguas de subida y está cercada la montaña toda de pinos y encinas, hasta más de la mitad; luego descubre el cuello pelado de la montaña, aunque muy herboso; y en lo alto hace a manera de cabeza pelada o peñascosa, y llamase de esta manera porque la montaña que la ciñe y rodea hace vistos azules de lejos a los que la miran, y los más de los años toma nieve, la cual en pocas sierras de esta Nueva España se causa por ser muy templada. Es esta sierra redonda bojea más de quince leguas; por esta causa y por armarse en ella todos los aguaceros que riegan a Tlaxcalla y sus comarcas la tuvieron por lugar sagrado, y a Chalchihuitlycue o Matlalcueye por diosa de ella, y por la misma razón tenían aquí los indios grande adoración e idolatría; a la cual venía gente de sus alderredores a pedir agua, cuando alguna vez les faltaba, ofreciendo grandes ofrendas y sacrificios. Llamaron a esta diosa Matlacueye, que quiere decir encamizada de azul, y asi la denominan de el color de ella, por esto decían a ésta y al dios Tláloc señores del agua; pero en Tetzcuco y México era muy honrado Tláloc; y en Tlaxcalla, Matlalcueye.
Este culto era tan relevante entre los indios a inicios de la Colonia que el mismo fray Martín de Valencia se vio obligado a actuar contra la idolatría en la montaña según lo refiere el mismo Torquemada en el Capítulo XI del Libro XX.
Fray Toribio de Benavente o Motolinía en su Tratado I, capítulo X de la Historia de los Indios describe el ritual celebrado en la cumbre de la montaña:
Había en esta ciudad de Tlaxcalla, entre otras muchas fiestas, una al principal demonio que ellos adoraban, la cual se hacía en el principio del mes de marzo de cada año porque la que se hacía de cuatro en cuatro años, era la fiesta solemne para toda la provincia, más esta otra que se hacía llamábanla año de dios. Llegado el año levantábase el más antiguo ministro o Tlamacazque que en estas provincias de Tlaxcallan, Huexotzinco y Cholollan había, y predicaba y amonestaba a todos, y decíales: “Hijos míos: ya es llegado el año de nuestro dios y señor; esforzaos a servir y hacer penitencia: y el que se sintiese flaco para ello, sálgase dentro de los cinco días; y si se saliere a los diez y dejare la penitencia, será tenido por indigno de la casa de dios, y de la compaña de sus servidores, y será privado, y tomarle han todo cuanto tuviese en su casa”. Llegado el quinto día tornábase a levantar el mismo viejo en medio de todos los otros ministros, y decía: “¿Están aquí todos? Y respondían: Sí (O faltaban uno o dos, que pocas veces faltaban) Pues ahora todos de buen corazón comencemos la fiesta de nuestro señor”. Y luego iban todos a una gran sierra que está de esta ciudad cuatro leguas, y las dos de una trabajosa subida, y en lo alto, un poco antes de llegar a la cumbre, quedábanse allí todos orando, y el viejo subía arriba, donde estaba el templo de la diosa Matlaluege, y ofrecían allí unas piedras, que eran como género de esmeraldas, y plumas verdes grandes, de que se hacen buenos plumajes, y ofrecía mucho papel e incienso de la tierra, rogando por aquella ofrenda al señor su dios y a la diosa su mujer, que les diese esfuerzo para comenzar su ayuno y acabar con salud y fuerzas para hacer penitencia. Hecha esta oración volvíase para sus compañeros y todos juntos se volvían para la ciudad.
Del sitio (MA-01), tenemos una valiosa relación de Francisco Xavier Clavijero en su obra Historia Antigua de México respecto al ritual que ahí era efectuado.
24. Penitencia célebre de los Tlaxcaltecas. (Libro VI)
Era también muy celebrado en aquella tierra el ayuno de tlaxcaltecas y la penitencia de sus sacerdotes en el teoxíhuitl o año divino, en el cual hacían una solemnísima fiesta a su dios Camaxtle. Llegando el tiempo convocaba a todos los tlamacazques o penitentes su jefe conocido entre ellos con el nombre de achcauhtli, y les hacía una grave exhortación a la penitencia, intimándoles al mismo tiempo que el que no se sintiese con fuerzas suficientes para practicarla, avisase dentro de cinco días, porque si pasado ese término y comenzando una vez el ayuno flanqueba y se volvía atrás, sería tenido por indigno de la compañía de los dioses, sería privado del sacerdocio y despojado de toda su hacienda.
Pasados los cinco días que se concedían para deliberar, subida con todos los que se hallaban animados a la penitencia, que solían ser más de 200, al altísimo monte Matlacueye, en cuya cumbre había un santuario dedicado a la diosa del agua. El achcauhtli subía hasta la cumbre a hacer su oblación de piedras preciosas, de plumas bellas y de copal, y los demás quedaban a la mitad de la subida en oración, pidiendo a su dios fuerzas y aliento para la penitencia. Bajaban del monte y se hacían fabricar navajas de iztli y un gran número de varillas de diferente grosura... se hacían un agujero en la lengua para entrar por el las varillas que tenían preparadas.

Perfil poniente destacando la ubicación relativa de los sitios arqueológicos