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Arqueoastronomía y etnoastronomía.
Archaeoastronomy & Ethnoastronomy
In this web page reports Seminar of Archaeoastronomy in the National Autonomy University of Mexico in Mexico City. That eight or eleven people regularly attend anarchaeoastronomy seminar.
Participants include:
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Dra. Johanna Broda.- Nacida en Austria. Se destaca por sus investigaciones sobre cosmología en la cuenca de México, el culto a las montañas y el manejo del calendario prehispánico. Actualmente es investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y profesora en la División de Posgrado de Escuela Nacional de Antropología e Historia. Es reconocida como una de las principales autoridades en el tema de cosmovisión prehispánica en el mundo. |
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Dr. Jesús Galindo.-Mexicano, doctor en astronomía, se ha especializado en cuestiones prehispánicas en todo el entorno mesoamericano, sus artículos, publicaciones y ponencias por todo el mundo conforman el importante acervo de la especialidad arqueoastronómica mexicana. Labora en el Instituto de Astronomía de la UNAM. |
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Dr. Rubén Morante.- Ha trabajado intensamente en Xochicalco y en Teotihuacan con marcadores solares, de estas investigaciones ha producido un par de tesis excepcionales de maestría y doctorado. Actualmente es el director del Museo de Antropología e Historia de Xalapa, Ver. |
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Dr. Stanislaw Iwaniszewski.- Nacido en Polonia. doctor en arqueología, ha realizado múltiples investigaciones sobre arqueoastronomía en todo el mundo, sobre todo en Europa. Actualmente trabaja en diversas publicaciones y es profesor de la División de Estudios de Posgrado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia e investigador del Museo Arqueológico Estatal de Varsovia, Polonia. |
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Mtro. Daniel Flores.- Investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM, se destaca por sus trabajos sobre calendarios indígenas. |
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Dr. Ivan Sprajc.- Ferviente investigador de la astronomía en su contexto etnohistórico. Actualmente se desempeña como profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. En fechas recientes ha presentado su tesis doctoral en la que aporta elementos para el estudio del calendario en relación con el horizonte. |
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Mtra. María Elena Ruiz.- Es investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, sus trabajos más recientes versan sobre el simbolismo mural en Teotihuacan y su correlación astronómica. |
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Arq. Arturo Ponce de León.- Arquitecto, investigador y pionero de la arqueología alpina en México. Sus trabajos sobre el movimiento solar y su impacto sobre diversos tipos de edificios le han hecho destacar en el medio arqueoastronómico. |
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Dr. Matthew Wallrath.- Célebres son sus investigaciones sobre marcadores teotihuacanos, los cuales son un enigma para la arqueología en México. Recientemente asesoró al "Proyecto Arqueológico Cerro de la Estrella" del Instituto Nacional de Antropología e Historia en el análisis de petroglifos asociados a cavernas. Notificamos a toda la comunidad que lamentablemente el Dr. Matthew Wallrath, falleció el pasado 23 de diciembre de 2003, a las 22:20 horas, descanse en paz. |
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Arqlg. Tim Tucker.-Forthree decades I have walked regions in Mexico, observing and feeling the rich legacy of an ancient land. Questions were asked, probing into what rural indigenous people think but seldomexpress. Often discarding accepted ideas, taking risk in theprocess, a research desing envolved. It´s based on ahypothetical structure of the Mesoamerica World View in thevalley of Puebla - Tlaxcala. |
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Arqlg. Ismael Arturo Montero .- Sus estudios están encaminados al análisis de los mitos y evidencias arqueológicas en las altas montañas y cavernas; con los datos obtenidos intenta hacer una interpretación de como aquellas sociedades estructuraban el universo. El mito y la religión de la antigüedad dan razón, lugar y orden a los elementos que les rodean.. En estas investigaciones la relación astronómica entre: estructuras piramidales, centros ceremoniales, montañas, cavernas y la alineación geomántica definen una unidad cósmica. |

Sextante, siglo XVI
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Amanece durante el solsticio de invierno sobre el Iztaccihuatl desde el Huizachtepetl
Ejemplo de astronomía solar de horizonte
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Presentación de estudios recientes
El Tepeyac en un sistema de observación astronómica en el México antiguo
Jesús Galindo Trejo e Ismael Arturo Montero García
Introducción
La observación astronómica jugó un papel fundamental en el desarrollo de la civilización mesoamericana. Como resultado de esta práctica fue posible la elaboración de un sistema calendárico que transfirió los diversos períodos de cuerpos celestes a la sociedad, para así organizar toda actividad humana. Desde las labores de campo, las ceremonias religiosas hasta incluso acciones bélicas se regían por el orden temporal impuesto por el calendario. En particular la observación de la posición aparente del disco solar en el transcurso del año permitió establecer una relación, temporal y espacial, entre accidentes del horizonte local y varias fechas de gran importancia astronómica y religiosa.
En este trabajo exponemos un ejemplo de uno de esos accidentes del horizonte oriente del Valle de México. Debido a evidencias observacionales tal accidente, formado por un cerro de silueta muy peculiar, fue utilizado como marcador astronómico durante la época prehispánica. Indicando fenómenos naturales y fechas importantes en el calendario mexica, el Cerro Papayo es ese marcador. Para el extremo norte de la Sierra de Guadalupe este cerro señala el extremo del camino aparente del Sol en el horizonte oriente. Este hecho podría definir un escenario celeste majestuoso utilizado en el pasado para resaltar la importancia de eventos de diversa naturaleza como veremos más adelante.
Observabilidad de un marcador de horizonte: el Cerro Papayo
El Cerro el Papayo es una de las cumbres de la Sierra Nevada, se localiza a 45 Km al sudeste de la Ciudad de México. Geográficamente, su cumbre está situada a 19° 18' 26” de latitud norte y 98° 41' 55” de longitud oeste. Consiste de un edificio volcánico apagado de aspecto cónico, con una altura respecto al perfil circundante de la sierra de 400 m; es una montaña joven de tipo alpino, de aquí sus bizarros perfiles y la escasez de desfiladeros. Por su altitud, de apenas 3,640 msnm comparada con los grandes macizos de la misma sierra, podríamos decir que es una cima modesta. No obstante, cuando observamos la Sierra Nevada desde cualquier lugar en la Cuenca de México, resalta el Cerro el Papayo por su forma cónica y su aparente aislamiento de otros cerros, esto ha permitido su fácil uso como indicador para distintos eventos rituales, astronómicos y calendáricos.
El Cerro Papayo funcionaba como marcador astronómico de horizonte al ser observado desde los siguientes sitios:
a) Cuicuilco.
Cuicuilco es un sitio preclásico que puede datarse hacia los años 400 a.C. en el extremo sur de la cuenca de México. La pirámide principal en Cuicuilco es circular y consiste de tres escarpadas plataformas con una altura total de aproximadamente 17 metros; posee dos rampas colineales de acceso que definen su eje de simetría casi a lo largo de la dirección astronómica este—oeste. Este sitio fue cubierto por la lava del cercano volcán Xitle durante la época preclásica. De acuerdo a Ponce de León el eje de simetría de esta pirámide circular está alineado hacia la posición sobre el horizonte donde el disco solar surge el 23 de marzo y el 20 de septiembre. Ambos días fijan justamente la llegada de la mitad del año, que puede fácilmente entenderse notando que en una cuenta de días esas fechas caen precisamente en el punto medio numérico entre las dos fechas solsticiales. Se trata de una especie de equinoccio temporal a diferencia de equinoccio espacial que difiere por dos días de aquél. Así, el 23 de marzo y el 20 de septiembre, el Sol sale justamente de la cúspide del cerro Papayo. En la época preclásica los sacerdote—astrónomos alineaban sus estructuras arquitectónicas comúnmente hacia eventos astronómicos, como este equinoccio temporal.
En esta temprana época la deidad principal en Cuicuilco era aparentemente Huehueteotl, el dios viejo del fuego. Para el Posclásico, según Aguilera el dios patrón del equinoccio de primavera era Xipe Totec. De acuerdo a la correlación del padre Sahagún, el día de la alineación del Sol a la pirámide de Cuicuilco el 23 de marzo, coincide exactamente con el último día del mes de Tlacaxipehualiztli, que es cuando se realizaba la principal fiesta de este mes. La segunda alineación solar a la pirámide de Cuicuilco, el 20 de septiembre, corresponde en esta correlación al primer día del doceavo mes Teutleco. Aguilera opina que en ausencia de evidencias arqueológicas, probablemente el dios Pre—Xipe pudo haber sido adorado en Cuicuilco durante el equinoccio de primavera.
b) Templo Mayor de Tenochtitlan.
Aproximadamente veinte kilómetros al norte de Cuicuilco y más o menos 1,500 años después floreció la capital imperial mexica de Tenochtitlan.
El centro religioso de la ciudad lo constituyó el gran Templo Mayor, una de las más importantes y altas estructuras arquitectónicas del Valle. Su posición privilegiada en él permitió sin duda a los sacerdote—astrónomos mexicas usar este imponente edificio como un observatorio astronómico para calibrar su calendario. El calendario solar estaba organizado en 18 períodos o “meses” de 20 días cada uno y 5 días adicionales llamados Nemontemi. Tomando en cuenta la información recopilada por el cronista franciscano Bernardino de Sahagún a mediados del siglo XVI, el año mexica empezaba el 2 de febrero. Considerando la corrección gregoriana del calendario occidental, esta fecha corresponde al actual 12 de febrero.
Los sacerdote—astrónomos mexicas podían registrar la coincidencia de puntos de referencia peculiares del horizonte con la posición del disco solar en ciertas fechas importantes para el ceremonial religioso así como para el funcionamiento de su calendario. En el último día del último mes del calendario mexica, antes de los días Nemontemi, observando desde el Templo Mayor el Sol surge precisamente de la cúspide del Cerro Papayo. Este evento sucede el 6 de febrero (también el 6 de noviembre) que en la correlación de Sahagún corresponde al día 20 Izcalli. Por lo tanto, el disco solar observado desde el Templo Mayor señala por medio del Cerro Papayo el fin del año y comienzo de los cinco días aciagos.
De acuerdo a Sahagún, en este último día de Izcalli se festejaba la gran fiesta dedicada al dios del fuego Xiuhtecuhtli, también conocido como Huehueteotl, el dios viejo. Para el 6 de noviembre, en el día 8 del mes Quecholli se efectuaba una solemne ceremonia en el Templo Mayor, en el santuario de Huitzilopochtli, haciendo gran penitencia los muchachos tenochas y tlatelolcas.
c) Cerro del Tepeyac.
A unos siete kilómetros al norte de Tenochtitlan y a diez años de la conquista española se encuentra un lugar ritual cuya importancia continua en el México moderno: el Tepeyac. De acuerdo a la tradición colonial, la cumbre del Cerro del Tepeyac fue el escenario de la milagrosa aparición de la Virgen de Guadalupe. Ahí un indígena llamado Juan Diego recibió la petición de la Virgen para construir una iglesia cristiana en el mismo lugar donde existía culto prehispánico. En la actualidad, la Villa de Guadalupe es el santuario católico más importante de México. La tradición devota establece que la aparición sucedió en la cumbre del Cerro del Tepeyac donde existió un templo prehispánico dedicado a la diosa madre Tonantzin. Estos acontecimientos asombrosos sucedieron entre el 9 y 12 de diciembre del año de 1531, alrededor del solsticio de invierno, antes de la corrección gregoriana del calendario.
En la época prehispánica, el dios Cohuaxolotl y la diosa Chantico fueron adorados en la cumbre del Tepeyac; Sahagún nos señala el día “1 flor”, el primer día de la cuarta trecena, como el día de la fiesta de Chantico. Si consideramos el inicio de la cuenta simultánea del Xiuhpohualli y del Tonalpohualli, el primer día “uno flor” cae precisamente el 23 de marzo, el día del equinoccio temporal descrito anteriormente en Cuicuilco. Los mexicas tuvieron aquí un centro de peregrinaje muy importante, que era a la vez un lugar ancestral de culto. Los otomís, que habitaron el Valle de México antes que los mexicas, veneraron en el Tepeyac a sus antiguas deidades: Cihuacoatl “Mujer Serpiente” y Mixcoatl “Serpiente de Nubes”, dos nombres apropiados para la Vía Láctea. Estas deidades representaron los aspectos femenino y masculino de la bóveda celeste debido a que la Vía Láctea aparece dividida en dos ramas durante el invierno.
A fin de recrear observacionalmente el evento astronómico que las crónicas describen para la aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531, se registró, desde la cumbre del Cerro del Tepeyac, la salida del Sol el día del solsticio de invierno. El disco solar en esta fecha dejó el horizonte notablemente al sur (es decir, a la derecha) del Cerro del Papayo. Por otra parte, el Cerro del Tepeyac estuvo conectado físicamente con el Cerro Zacahuitzco, inmediatamente al norte, en plena Sierra de Guadalupe. Sin embargo, aproximadamente hace 60 años la conexión natural entre ambos cerros fue destruida y en la actualidad pasa por ahí una amplia avenida. Hoy en día, el Cerro del Tepeyac, está aislado prácticamente de la Sierra de Guadalupe. Considerando la importancia antigua de este paisaje cultural, se propuso una hipótesis para explicar la no—coincidencia del disco solar con el Cerro Papayo: quizás el sitio de observación del solsticio de invierno (o de la aparición) fue el Cerro Zacahuitzco. En la cumbre de este cerro existió un templo prehispánico de los tlatelolcas, un grupo relacionado a los mexicas. Actualmente ahí existe una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe. Antes de la destrucción del puente natural entre ambos cerros la visita habitual de los peregrinos a la Villa de Guadalupe incluía un ascenso hasta el Cerro Zacahuitzco. Esta práctica puede apreciarse en las fotografías antiguas de este lugar. El evento religioso en ambas tradiciones se destaca espectacularmente a partir de una observación real: observando desde la cumbre del Cerro Zacahuitzco, el disco solar en el día del solsticio de invierno surge justamente del Cerro Papayo.
Un marcador astronómico para la Sierra de Guadalupe: Cerro Papayo
Desde 1984, el proyecto Arqueología de Alta Montaña, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México realizó múltiples recorridos arqueológicos de superficie por la Sierra Nevada, la gran extensión de esta cadena montañosa impidió que se investigaran todas las cimas, especialmente las de menor altura como el Cerro Papayo. No obstante, llamaba la atención desde ese entonces el Papayo por su particular relieve que invitaba a la prospección de su cima, se suponía algún tipo de evidencia arqueológica basándose en la hipótesis de trabajo que propone a las altas montañas como sitios idóneos para realizar ofrendas y efectuar rituales de apropiación climática, pues es común encontrar en la mayoría de las montañas relevantes por altura y panorama sobre el paralelo 19º evidencias culturales, especialmente adoratorios de culto a las deidades acuáticas, ya en laderas o en cimas como una tradición ritual con más de 1,500 años de antigüedad, y con permanencia hasta nuestros días.
En 1995, Galindo manifiesta la importancia del Papayo por su combinación con eventos solares observados desde el cerro Zacahuitzco próximo a la Villa de Guadalupe, la pirámide de Cuicuilco, y el Templo Mayor en el Distrito Federal. Fue así como a finales de 1995 se realizó la prospección de la cima, localizando en ésta, un adoratorio contemporáneo a la Santísima Virgen de Guadalupe y restos de cerámica prehispánica posclásica, colonial y contemporánea.
Las laderas del Papayo, como se ha anotado en la descripción del medio ambiente están cubiertas por una abundante fitomasa, lo que hace difícil localizar cualquier evidencia cultural del pasado, o presente, sobre los flancos de la montaña, si a esto sumamos lo agreste del terreno y que la cumbre no está distante del somonte nos lleva a centrar la atención de la prospección arqueológica en la cima.
La cima, asemeja una amplia plataforma mayor a un campo de fútbol, llama la atención una cima tan amplia y plana. Al encontrarnos en la cúspide pensábamos que sería fácil detectar algún basamento o estructura de un adoratorio prehispánico, o bien, suficiente material arqueológico de superficie. Por lo general, los sitios arqueológicos de montaña carecen de espacio, ya que están adosados en las pendientes de las laderas o bien sobre las angulosas cimas, sufriendo una considerable erosión. Pero sobre un espacio tan extenso, con una extraordinaria panorámica que comprende a la cuenca de México, el valle Poblano Tlaxcalteca, el Iztaccihuatl y los cerros Tlaloc y Telapón; sumados a un manantial; y a una cúspide medianamente accesible permitirían la construcción de un importante edificio ceremonial con interesantes ofrendas, ya que para los agricultores del pasado y contemporáneos las altas montañas con sus bosques de pinos verdes, junto con las nubes y los manantiales representan la frescura y la fertilidad anhelada para sus campos. No obstante estos atributos, la cima del Papayo carece de elementos arquitectónicos prehispánicos.
Lo primero que destaca en la cima, no es la presencia del pasado como suponíamos, sino un moderno santuario dedicado a la Santísima Virgen de Guadalupe. Ya habíamos sido advertidos de la existencia de esta estructura por los comerciantes de Llano Grande durante la investigación etnográfica de campo. Se nos informó que a ella acuden cada año en peregrinaje los pobladores de comarcas próximas, especialmente del valle Poblano Tlaxcalteca. A este culto asisten desde niños hasta mujeres, algunas de edad avanzada, el ascenso lo inician desde Llano Grande. Suponíamos que esta moderna actitud del ascenso respondía a una tradición de antiguas ceremonias reemplazas hoy en día por el culto guadalupano. De ser así, la cumbre demostraba su importancia al conservar un ritual en la cumbre.
El adoratorio guadalupano comprende una pared de más de 2.50 m de altura por 2.50 m de ancho, en donde azulejos de talavera forman un mosaico con la imagen de la Virgen de Guadalupe enmarcada por motivos propios de la tradición poblana, por debajo de la imagen una leyenda también en azulejo. La base de la estructura es de roca basáltica, y remata en un pretil a los pies de la virgen que sirve para depositar veladoras y flores, la imagen esta rodeada por flores de papel que la adornan, cruces alrededor conforman el cuadro litúrgico. En la actualidad, la Virgen de Guadalupe ha sido agredida en su rostro, sus ojos han sido borrados. El acto está más allá de un vandalismo casual, pues tallar el vidriado del azulejo justamente en los ojos, a la altura en que se encuentra connota un acto premeditado. La propuesta de castigar los ojos es común de los creyentes en brujería, se supone que con esto, que el poder de la Virgen queda disminuido pudiendo entonces realizarse en el sitio ritos nigrománticos, pues se considera que las montañas, bosques, y lugares aislados mantienen fuerzas sobrenaturales que ayudan a las ceremonias conocidas como brujería de sierra.
La prospección de la cima no sustentó la hipótesis de trabajo, no encontramos en superficie evidencia arqueológica alguna, ni por los extremos del santuario guadalupano, ni por la porción central de la amplia plataforma, tampoco junto al manantial, y mucho menos sobre el perímetro de la misma cima. Un profundo cuestionamiento nos invadió. Esta ausencia de material de superficie o de cualquier otra evidencia arqueológica entraba en desacuerdo con nuestra experiencia de 50 sitios de alta montaña investigados en la última década. Sólo faltaba por recorrer el extremo sudoeste de la cima, un aislado y apenas perceptible picacho, separado de la planicie por una cañada de pequeñas dimensiones. Sobre este elemento empezamos a localizar cerámica posclásica, especialmente fragmentos de vasijas, sahumadores, y ollas; cerámica toda ritual y no doméstica. El hallazgo nos alivió, pero no dejó de cuestionarnos ¿Porqué se localiza el material arqueológico en el extremo sudoeste de la amplia plataforma que conforma la cima, y no en el centro? O bien ¿Porqué los materiales arqueológicos están alejados del manantial, suponiendo un culto acuático? ¿Por qué no se detectó estructura prehispánica, ya fuera para culto, ofrenda o relación astronómica, si en la actualidad hay un santuario?
Para resolver las anteriores interrogantes se hacía indispensable una excavación arqueológica, afortunadamente, durante la prospección localizamos cinco pozos de 2 x 2 m a una profundidad de 2.50 m cavados posiblemente para cimentar antenas de telecomunicaciones. Estos pozos realizados en la zona central y aledaños al santuario guadalupano, de alguna forma nos facilitaron el trabajo arqueológico permitiendo observar la estratigrafía de la cima y sobre todo confirmar la ausencia de materiales arqueológicos en el área central de la cima del Papayo.
Con la información proporcionada por el trabajo de prospección, la experiencia arqueológica en otras cumbres y la observación detallada en la estratigrafía y escombros de los pozos ya efectuados es posible llegar a una interpretación preliminar.
El conjunto de las evidencias culturales pasadas y contemporáneas en la cima del Papayo conforman un sitio arqueológico el cual se cataloga como “SPA 1” según criterios utilizados en las investigaciones arqueológicas de alta montaña.
Llama la atención el criterio que siendo el Papayo una cima importante por las características mencionadas no presente evidencias de magnitud ceremonial en su cumbre o laderas, tal parece que el cerro es importante como elemento del paisaje y no como la cima en sí. Esto significa que el cerro fue trascendente en la antigüedad, pero como marcador para eventos solares observados especialmente desde el Tepeyac para el solsticio de invierno. Su relación con el Tepeyac queda demostrada con el adoratorio guadalupano en la cumbre, caso único, pues en todos los cerros del Altiplano Central se remata la cima en su cumbre con una o varias cruces, junto a la cruz, ocasionalmente aparecen las imágenes de la Virgen de Guadalupe y de otros santos e imágenes con diferentes advocaciones de Cristo en una estatura y proporción menor. En el Papayo, en la actualidad la montaña está dedicada a la Santísima Virgen de Guadalupe, las cruces están presentes pero de manera ocasional y en menor estatura.
Todos los sitios arqueológicos en la alta montaña mesoamericana responden al culto, pero no son similares entre sí, cumplen distintos objetivos: la mayoría según nuestra experiencia están asociados al culto acuático, no distinguimos una montaña en particular para ser venerada, las principales cumbres del altiplano estaban dedicadas al culto de los Tlaloques, servidores o ministros de Tlaloc, y en ocasiones también se les toma por dioses menores. Estos servidores de Tlaloc eran los cerros deificados y denominados como Tepeme o sea dioses de la montaña como el caso del volcán Popocatepetl, el Iztaccihuatl o La Malinche. Pero el Papayo, no responde a está relación acuática, las evidencias arqueológicas así lo demuestran. El Papayo es un marcador astronómico y el material en su cumbre marca el punto exacto de esta relación que une lo celeste y lo terrestre para el solsticio de invierno.
Ciertamente todo este conjunto cultural que abarca los materiales cerámicos con una continuidad desde el Posclásico, la Colonia, y otros aún más recientes, tal vez del siglo XIX, que junto con el adoratorio guadalupano, y la brujería de sierra demuestran que estamos frente a un culto actual pero que podría tratarse propiamente de la continuación de un culto centenario que enfatiza la importancia que tuvo en el Cerro Papayo para los sacerdote—astrónomos en el Valle de México.
Lo anteriormente expuesto indica que el Cerro Papayo fue reconocido en tiempos prehispánicos como un lugar de excepcional importancia ritual y observacional. Esto hará parecer como natural la pregunta si existe algún vestigio documental de él en las fuentes etnohistóricas, o de otro tipo. Desde un punto de vista lingüístico, lo único que sabemos es que con ese nombre aparece en mapas de fines del siglo pasado. Por otra parte, recuérdese que la palabra papa era aplicada por los españoles a los sacerdotes del culto prehispánico por el hecho de que tal palabra indica en náhuatl la característica de éstos de tener los cabellos rígidos por la manipulación de sangre; además la partícula yotl indica abstracción de algún sustantivo. Sin embargo, siempre queda la posibilidad de que su nombre sea derivado del fruto tropical, papaya, debido a su forma. Resulta interesante notar que en un códice colonial del siglo XVI proveniente del Valle de Puebla, el Mapa de Cuauhtinchan, núm. 2, al norte (derecha, visto desde Puebla) del volcán Iztaccíhuatl aparece la representación de un cerro de forma semiesférica. En la base del cerro, en una cueva dos personajes vestidos con pieles y un tocado con pluma, arco y flecha efectúan alguna ceremonia frente a un envoltorio de tela atado y con una flecha en su interior. ¿Será este Cuitlatepec en realidad nuestro Cerro Papayo? Una respuesta definitiva requiere de un estudio detallado.
Conclusiones
El hombre mesoamericano como observador cuidadoso de la naturaleza desarrolló técnicas observacionales para seguir el movimiento de los astros y así mantener la concordia de su calendario con éstos. La utilización de los accidentes de horizonte para calibrar el calendario solar fue una tarea necesaria para conservar la sucesión correcta del ritual religioso que exige un momento justo, señalado por circunstancias climáticas naturales y astronómicas, para realizar fiestas dedicadas a los dioses. Así, la práctica de erigir templos en determinados sitios, desde los cuales podían observarse eventos astronómicos con relación a distintos aspectos orográficos del paisaje parece ser una característica generalizada de Mesoamérica. Por otra parte, tal práctica proporcionaba a los sacerdote—astrónomos un procedimiento eficiente para seguir el curso del tiempo y para introducir las correcciones necesarias a su sistema calendárico.
Nuestro estudio arqueoastronómico de un marcador natural tan importante como el cerro del Papayo, nos ha llevado a analizar, desde una perspectiva neutral, un suceso de suma importancia para el pueblo mexicano actual. Nuestros resultados no pretenden probar la realidad o no del evento de la aparición de la Virgen de Guadalupe en la Sierra de Guadalupe. A manera de colofón quisiéramos citar la opinión de un estudioso de la región que nos invita a una profunda reflexión. Recientemente, a raíz de los trabajos de recopilación de los documentos para elaborar una Enciclopedia Guadalupana se localizó un documento supuestamente del siglo XVI donde se plasman varias escenas de las apariciones de la Virgen en la Sierra de Guadalupe. Por la disposición de las representaciones de Juan Diego y la Virgen, el historiador Horacio Sentíes concluye que la primera aparición sucedió precisamente en el Cerro Zacahuitzco, sitio de culto de los tlatelolcas. La pareja de deidades que ahí se adoraban (Cohuaxolotl y Chantico) podría ser las que aparecen en una pintura, que perteneció al noble italiano Lorenzo Boturini, llamado Códice Teotenantzin; en esta pintura la pareja aparece más bien asociada al macizo de la Sierra de Guadalupe y no al Cerro del Tepeyac que aparece aislado en el extremo y teniendo un templo cristiano en su cumbre. Curiosamente el documento recientemente encontrado muestra también el momento de la salida del Sol detrás de un cerro prominente (¿Cerro Papayo?).
Por tanto, el escenario astronómicamente importante del solsticio de invierno, también así considerado por los pueblos prehispanicos, habría sido ideal para el portentoso suceso de una aparición mariana. En cualquier sentido de una interpretación de los datos creemos que el caso del Cerro Papayo muestra la agudeza de observación del hombre prehispánico que mira al cielo para hallar a sus dioses y su dictado de cómo debe transcurrir el tiempo.
Una versión en inglés de este artículo ha sido publicada en colaboración con la Dra. Carmen Aguilera «Cerro Papayo: An astronomical, calendrical and traditional landmark in ancient Mexico». En: Proceedings of the IV European Society for Astronomy and Culture Meeting, Astronomy and culture. pp. 165-172. Editado por Jascheck y Barandela, Universidad de Salamanca, España, 1997.
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Actualizado el 25 de diciembre de 2003