El penetrar a las entrañas de la Tierra, a los espacios nunca antes explorados, para así poder descifrar el código escondido de la naturaleza, es un reto para el pensamiento en el que se acompañan por igual: el saber contemporáneo, y los temores de nuestros ancestros que ahí vieron nacer un universo místico. La espeleología es aún una desconocida para la mayoría de los mexicanos, el propio término sorprende y cuestiona. La espeleología aparece entonces como una ciencia de frontera, alejada en los remotos extremos de las investigaciones sobre terrenos inhóspitos.

Subdisciplina de la arqueología que se encarga del estudio de restos culturales depositados en formaciones subterráneas naturales como cuevas, cavernas, grutas, cenotes, y sótanos. México es un país de cavernas. Las condiciones geológicas han generado tal cantidad y complejidad de sistemas hipogeos que bien podemos hablar de una Patria Subterránea. Sociedades primitivas encontraron en las cuevas el adecuado espacio para la habitación. Posteriormente durante el apogeo de las grandes civilizaciones indígenas fueron el entorno propicio para expresar la conciencia religiosa. Durante el proceso de evangelización iniciado en el Virreinato, la cueva no pudo ser excluida del pensamiento religioso indígena, fue incorporada al culto oficial en la supervivencia del paganismo al lado del cristianismo.

La mayoría de las culturas en la historia de la humanidad han encontrado en el mundo subterráneo el principio apropiado para componer sofisticados símbolos que ayuden a resolver sus temores, anhelos e ideales. Para algunas civilizaciones la cueva ha sido de tal importancia que ha trascendido en los mitos de origen, logrando incorporarse al discurso cosmovisional que permite a la comunidad explicarse a sí misma en la naturaleza. La oscuridad y los intrincados pasadizos son los principales recursos de la cueva que estimulan el imaginario colectivo.

Del período virreinal mexicano (1521 a 1821 d. C.) sabemos por las crónicas de la época que grupos de indígenas utilizaron algunas cavernas y terrenos agrestes con la intención de conservar su antigua religión en un claro desafió al culto católico. Fue así como la cueva pasó a ser un refugio durante el proceso de extinción de las culturas mesoamericanas. Los rituales dentro de las cuevas eran el camino para proteger necesidades específicas que controlaban el mundo físico y social en crisis de esos campesinos desposeídos. Esos cultos, fueron rectores de la “casualidad” adversa a la comunidad indígena, los cuales no contenían un carácter público sino privado, y que políticamente daban cohesión a un grupo marginado y destinado a desaparecer.

Los abrigos rocosos y las cuevas son comunes en el Valle de Puebla-Tlaxcala, por una parte los afloramientos de calizas –en menor porcentaje– y por la otra el vulcanismo promueven una espeleogénesis específica de reducidos desarrollos subterráneos que en algunas ocasiones, por la presencia de rocas diaclasadas, permiten la emisión de manantiales. La existencia de manantiales da pie a una yuxtaposición simbólica de elementos religiosos que determinaron su uso ritual desde la época prehispánica y que ha trascendido hasta nuestros días.

En la época prehispánica la labor de los graniceros era ejercida por la elite sacerdotal. Quienes poseían el poder del conjuro y la predicción de los fenómenos atmosféricos, que regían la vida de los pueblos mesoamericanos, ostentaban una jerarquía social importante. Con la ruptura histórica que propició la Conquista estos cultos fueron perseguidos, y por ende, pasaron a la práctica oculta. Más tarde, para muchos pueblos, se convirtieron en creencias y prácticas subalternas. Este paganismo disidente es obstinado porque prevalece ante los embates de la modernidad, sobrevive gracias a su aislamiento en las cuevas de los más altos volcanes de México.

En las ligas de esta página, se publica parcialmente los resultados del trabajo de campo que en una primera instancia realicé para el INAH de 1997 a 1998, y que posteriormente continué como parte del doctorado en Antropología Simbólica realizado en la ENAH (200-2005). Es necesario apuntar que durante la segunda temporada de 2001 a 2002, conté con el apoyo del Gobierno de la Delegación Iztapalapa, la beca que otorga el CONACYT para el doctorado, y el apoyo económico de la Mesoamerican Research Foundation.

El Cerro Cuevas Pintadas de Guachipas se localiza a 135 kilómetros al sur de la ciudad de Salta en Argentina. La flora asociada al sitio es bastante pobre en árboles, pero contrasta con abundantes extensiones de herbáceas, la disminución de la fitomasa con respecto a los terrenos bajos adyacentes es una consecuencia de la disminución de la temperatura. No obstante, este ambiente es mucho más propicio para la residencia humana que el desierto altoandino de cotas superiores. En este paraje existen multitud de abrigos rocosos en los cuales culturas preincaicas plasmaron singulares representaciones que expresan su sentido de mirar al mundo.

En este ensayo comparto las notas levantadas durante el trabajo de campo realizado en las cavernas de la isla de Rapa Nui (Pascua) en la Polinesia. El eje de reflexión para analizar el caso polinesio resulta de la taxonomía mexicana implementada para estudiar el comportamiento entre las variables culturales y naturales, conectadas al nivel comunidad—caverna. Obviamente nos encontramos frente a enormes variaciones de la conducta humana entre el caso mesoamericano y el polinesio, pero en el discurso antropológico moderno mucho se discute sobre la posibilidad de que un fenómeno cultural no sea empíricamente universal sino contextual. Por lo tanto, tan sólo se aspira en esta entrega a señalar procesos culturales similares a la manera de una tautología de fenómenos que son recurrentes.